Estamos en tiempo de campaña electoral; España se prepara
para celebrar en una fecha atípica la llamada fiesta de la democracia, de la
que saldrá el nuevo presidente de nuestro país. Un presidente que, sea del
color que sea, esperamos que consiga traer aires nuevos a la maltrecha
situación de muchos españoles que engrosan las listas de parados de una
economía que según parece se encuentra al borde de una nueva recesión.
Pero vamos a centrarnos hoy en temas un poco más amables. Siempre
que se acercan los comicios, y como es de rigor para los que vivimos fuera del
municipio en el que estamos empadronados, toca acercarse a la oficina de
correos para solicitar el voto a distancia. Anticipando el colapso habitual en
las horas centrales del día en dichas oficinas, hace dos días decidí levantarme
un poco más temprano de lo habitual para evitar la aglomeración al solicitar mi
voto. Cual fue mi sorpresa que, pese a acudir a primera hora, ya encontré una
cola de 30 personas que habían acudido para el mismo fin.
Votar tiene un coste. Ello al menos queda patente en el
caso del voto por correo, ya que no solo es necesario esperar la cola oportuna
para solicitarlo (cuyo coste de oportunidad, tal y como me dijo un viejo colega
que me encontré esa misma mañana, es “una valiosa hora y media de estudio”)
sino que es necesario además estar atento a que llegue el correo certificado
con las papeletas de los distintos candidatos, y posteriormente volver a la
estafeta de correos para entregar el voto definitivo. Un coste que, aunque
menor, también existe para el supuesto de que uno vote en su municipio, ya que
requiere del desplazamiento hasta el colegio electoral que tenga asignado al
solo fin de depositar de manera personal (e intransferible) su opción política
en la urna.
Por otro lado, sabemos que este proceso es repetido por
miles de personas en todo el país, de tal forma que al final el voto personal
de cada uno tiene un peso minúsculo en el resultado final de las elecciones. En
otras palabras, y volviendo al ejemplo iniciado en primera persona, mi voto no
va a influir para nada en quien va a ser el presidente de España por los
próximos cuatro años. La pregunta subsiguiente salta a la vista: ¿por qué
asumir un coste por ir a votar si aunque no lo hagamos el resultado de las
elecciones seguirá siendo el mismo?
La teoría económica, al menos en su estado más puro, es
incapaz de explicar este fenómeno. Votar es un acto que nos reporta un coste
patente a cambio de ningún beneficio o, si se prefiere, a cambio de tener un
impacto en el resultado final de los comicios que es virtualmente igual a cero.
Y, sin embargo, observamos como siempre que se celebran elecciones la mayoría
de la población acude a votar en masa. Este tipo de comportamientos, que quedan
fuera de lo que es la lógica económico-racional planteada por la teoría, son
tradicionalmente incluidos en el cajón de sastre de que se denomina actos
irracionales.
A mi juicio, no se trata de un acto irracional; más bien
se trata de un ejemplo más de las limitaciones que presenta la teoría económica
neoclásica, en tanto que centra en medir el beneficio que reportan los actos
que los seres humanos realizamos sólo en términos de utilidad. Estamos de
acuerdo en que nuestro voto no va a influir el resultado de las elecciones.
Pero hay más que eso: está el beneficio de sentirse participe activo de la vida
política de un país, la satisfacción de cumplir un deber ciudadano, etc. O, en
mi caso personal, lo que me mueve a ello es pensar que este acto me legitima
para hablar, criticar y debatir sobre el Gobierno que tenemos en cada momento,
ya que, si bien los modelos económicos no explican el por qué del voto, yo no
puedo explicarme como hay gente que pasa de votar, pero aun así no pasa de
criticar a los políticos que nos dirigen.
Para concluir, me gustaría traer a colación una anécdota
incluida en la obra “Armchair Economist”, a propósito de la lógica económica
del voto. En ella, Steven Landsburg, incluye una conversación con un economista
colega suyo que, basado en la teoría de su ciencia, nunca acudía a votar: “Pero,
¿y si todo el mundo pensase lo mismo?”, preguntó Landsburg. “Bien- respondió el
otro- pero es que resulta que nadie piensa lo mismo”. ¡La lógica, por la lógica!


2 comentarios:
:)
Discrepo del blogger sobre su opinión acerca de que el hecho de que de no votar revoque el derecho a opinar o expresarse sobre la situación política. En mi opinión hay modos mucho mayores de participar en la vida pública que el voto -aún siendo éste muy necesario-.
Coincido plenamente en la idea de fondo: afortunadamente, las mejores y más altas cosas de la vida no pueden explicarse sólo en términos económicos. Gran verdad ésta, que resulta francamente consoladora.
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