lunes 1 de agosto de 2011

REFLEXIONES SOBRE LA BANCA (III)

En la última entrada del blog, en el marco de esas reflexiones personales sobre el sistema bancario español, analizamos como el mercado de las entidades financieras, en el cual el gran y necesario regulador es el banco central, no presenta una estructura que permita la competencia perfecta entre los agentes (esto es, competencia en precios y cantidad, a través de un gran número de oferentes); más bien se observa una estructura de corte oligopolista, que permite un mayor margen de beneficios para las mismas a la par que consigue aumentar la fortaleza de estas empresas en el plano tanto nacional como internacional.


La pregunta subsiguiente podría ser: ¿cuáles son los elementos que, permitidos por el banco central (como regulador del mercado), impiden a estas empresas competir libremente? En primer lugar, la opacidad; efectivamente, cuando una persona entra un banco para consultar las condiciones de depósitos o préstamos se fija en los detalles importantes (ej. TAE, comisiones, etc.). Ahora bien, no hay posibilidad alguna (al menos para la mayoría de ciudadanos con obligaciones) de leer los cientos de folios que pueden llegar a conformar estos contratos, los cuales muchas veces contienen condiciones variables ante diferentes escenarios, en los que puede que ese préstamo o ese depósito en concreto ya no resulte tan beneficioso como el que ofrece cualquiera del resto de bancos que haya en nuestro barrio.


Lo que es más, muchas veces la competencia ni siquiera viene por esos elementos o condiciones “clave” de los productos financieros (TAE, Euribor, comisiones…): los bancos, efectivamente, compiten muchas veces en regalos. Esas televisiones, juegos de sábanas, baterías de cocina, videoconsolas, etc. que sirven para atraer clientes que se fijan poco en las condiciones (quizás por pereza) y que después observan como mes a mes se llevan un nada despreciable recorte en su libreta por una comisiones elevadas o un interés en su hipoteca superior.


En segundo lugar, la competencia es dificultada por los denominados switching costs (costes del cambio). Cuando una persona contrata un depósito con un banco, o abre una cuenta para ingresar dinero y domiciliar nóminas o pagos, ese banco, en cierta medida, ha conseguido un cliente más o menos fijo: resulta verdaderamente costoso una vez hecho todo este proceso de contratación con un banco que ofrece buenas condiciones cerrar esa cuenta y moverse a un nuevo banco en el cual al mes siguiente se ofrece un interés superior por los depósitos o donde se cobran menos comisiones.


En tercer lugar, esta el problema nada despreciable denominado como “costes de suela de zapato”. Ir al banco es una tarea que habitualmente no agrada a la gente y para lo que no se suele disponer de mucho tiempo (máxime con la restricción de horarios existente). Ante ello, muchas personas optan por acudir para sus transacciones habituales al banco que tiene más cercano a su casa o a su trabajo. Todo ello para evitar tener que andar mucho cada vez se actualice la libreta, se haga un ingreso o se pague un recibo, y sin percatarnos de que igual en otro barrio cercano un banco de la competencia nos ofrece mejores condiciones.


Este último elemento ha generado en parte otro de los problemas principales que padece nuestro mercado de entidades financieras: el denominado como overbranching; en otras palabras, se trata de la enorme expansión de la red de sucursales de los bancos por las calles de nuestras ciudades. Un problema que trata de apaciguarse ahora con la crisis, que he dejado al descubierto como muchas de esas oficinas eran (y son), efectivamente, ineficientes.


Tras este extenso análisis tan solo nos falta ya por contemplar el escenario en el que la competencia es eliminada por completo, mediante un proceso de nacionalización total de la banca, para que la misma pase a ser un monopolio del Estado. Esperamos colmar dicho objetivo en próximas entradas.